Nevermind de Nirvana, 35 años: cuando el underground llegó al centro del rock

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En 1991, Nirvana hizo algo que parecía improbable: convirtió el sonido áspero y marginal de Seattle en música de consumo masivo. Nevermind vendió más de 30 millones de copias, desplazó a Michael Jackson del número uno y transformó al grunge en el nuevo idioma del rock.

Cuando Nevermind llegó a las disquerías el 24 de septiembre de 1991, Nirvana todavía estaba lejos de ser una banda masiva. Kurt Cobain, Krist Novoselic y Dave Grohl —que acababa de incorporarse como baterista— venían de la escena independiente de Seattle, un circuito de pequeños clubes y sellos como Sub Pop donde convivían punk, hardcore, noise y rock pesado. La propia discográfica esperaba inicialmente un impacto moderado: el álbum debutó en el puesto 144 del Billboard 200. Pero en pocos meses aquella banda de Aberdeen que había construido su identidad en los márgenes terminó en el centro de la industria.

El punto de quiebre fue “Smells Like Teen Spirit”. El riff de guitarra, la voz de Cobain y la estructura de la canción combinaban la agresividad del punk con una melodía capaz de entrar en la radio y un videoclip que MTV puso en alta rotación. Nevermind terminó llegando al número uno del Billboard 200 el 11 de enero de 1992, desplazando a Dangerous, de Michael Jackson. Lo que estaba ocurriendo tenía una dimensión simbólica: una banda surgida de la escena alternativa había desplazado del primer lugar a una de las mayores estrellas del planeta.

Ahí aparece la verdadera importancia histórica del disco. El punk había cuestionado las reglas del rock desde los años 70, pero Nirvana consiguió llevar buena parte de esa sensibilidad al corazón del mercado masivo. La distorsión, la actitud antiespectacular, el rechazo del virtuosismo y cierta estética deliberadamente desprolija dejaron de ser patrimonio de los clubes y los sellos independientes. Nevermind funcionó como una puerta de entrada: millones de personas que nunca habían escuchado aquella escena empezaron a descubrir el grunge y, detrás de él, todo un universo de rock alternativo.

Y el fenómeno no terminó en Nirvana. El grunge se convirtió en una categoría comercial y cultural. Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains, Stone Temple Pilots y otras bandas comenzaron a ocupar espacios cada vez mayores en las radios, MTV y las disquerías. Ten, de Pearl Jam, que había salido apenas un mes antes que Nevermind, aceleró sus ventas durante 1992; Badmotorfinger, de Soundgarden, y Dirt, de Alice in Chains, también alcanzaron posiciones importantes en las listas. La industria discográfica, que hasta entonces había mirado al rock alternativo como un territorio secundario, comenzó a buscar allí a sus próximas estrellas.

Las cifras terminaron de convertir el fenómeno en historia: Nevermind superó los 30 millones de copias vendidas en todo el mundo y recibió la certificación de Diamante de la RIAA en Estados Unidos. Pero su impacto cultural resulta más difícil de medir que sus ventas. Cambió la estética del rock, modificó lo que las grandes discográficas consideraban comercialmente viable y convirtió a Seattle en el epicentro simbólico de una nueva generación. Treinta y cinco años después, Nevermind sigue siendo la paradoja perfecta de Nirvana: un disco nacido de una cultura que desconfiaba del mainstream terminó demostrando que el mainstream también podía ser conquistado desde el underground.

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